jueves, 12 de septiembre de 2013

Pánico y negación.

Me encuentro viviendo en el mundo de hoy de dos maneras. La manera preciosa, en la que vivo mi vida y amo a mi familia, a mis amigos. En la que río y soy feliz, y salgo a la calle y disfruto de la calidez del viento ondeando mi cabello. La otra realidad, la real realidad, es una realidad horrible; en la que secuestran y matan personas por un poco de dinero, como si sus vidas no valieran más que un celular, un día de fiesta o unas zapatillas de marca.
Me encuentro sucumbida por esta dicotomía, vivo feliz, amo y abrazo, río y comparto, pero saludo con dolor y sufrimiento. Saludo como si fuera la última vez que nos viéramos. Mi adiós está siendo secuestrado por una ansiedad que nunca va a encontrar su calma. Por el miedo de perder a alguien.
Lo que encuentro más inquietante es que, en mi mente, no cuadran estos hechos. No puedo entender de ninguna manera como alguien secuestraría a otro igual. Es como secuestrar a tu hermano, a tu hijo o a tu papá. ¿No éramos libres? ¿Nunca lo fuimos, no? ¿Realmente es tan difícil en este mundo crecer trabajando y aspirando a ser mejor? Pero NO más rico; no mejor con más dinero. Sino mejor. Una mejor versión de uno.

En mi realidad soy una ola que se deja ir en la orilla, una y otra vez. A veces tengo la alegría de acariciar la arena; a veces choco con una dulce y letal roca.

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